Anteayer torturaron a Ricardo para ver si era terrorista; y Ricardo no era terrorista.
Ayer torturaron al vecino de Ricardo por ser amigo de uno que podia ser terrorista; y al vecino de Ricardo le encontraron que no era terrorista.
A Ricardo y al vecino de Ricardo les ataron las manos a la espalda, les cubrieron la vista.
Desnudos, les pusieron electrodos en los genitales.
Sin saber dónde, sin saber cuánto, les golpearon e insultaron, y el vecino de Ricardo decía que no estaba solo en la mesa del tormento y que rezaba;
y Ricardo repetía que conversaba con Dios, entre tortura y tortura.
Anteayer Dios estaba con Ricardo en la casa de tortura y ayer el vecino de Ricardo era Jesucristo.
Y el vecino de Ricardo decía: "El que esta solo era el otro, el que torturaba, el que amenazaba con el revolver, el que acosaba a preguntas, el que conectaba la electricidad con su tenaza de muerte".
Y Ricardo decía que por lo menos él y su vecino podian orar y el otro, no...
que no podia orar, que estaba solo, terriblemente solo. Porque Dios esta en la vida, es el Dios de la vida y no el Dios de la muerte:
La muerte me golpeaba las sienes; la muerte me trituraba las muñecas prisioneras; la muerte me tenia de pie, los ojos vendados; pero la muerte no sabía cuantas horas puede un hombre estar rezando de pie.
Solo él y Dios, entre tortura y tortura; y no se como decirlo, pero yo sé que Dios estaba y era la vida... Y yo pienso: ¡Qué solos que están los que torturan!
Yo le puedo contar a mi mujer lo que pasé en la prision; yo le puedo decir a mi hijo que lloraba por él y que tenía miedo; le puedo decir todo mirándole a los ojos; pero el otro, no.
El que tortura no le puede decir a su mujer: "hoy he torturado a un hombre; hoy he golpeado a un hombre con las manos atadas; hoy he desnudado a un hombre y lo he dejado herido al frio de una noche de julio"
El que tortura está solo con la muerte en las manos: ni siquiera puede decir a Dios su secreto, sin dejar su oficio de muerte; el que tortura nunca más puede mirar a los ojos a su hijo.
Ricardo, el vecino de Ricardo, yo y mi pueblo humillado no queremos morirnos; ellos quieren la muerte; y nosotros y Dios, la vida.
Ayer torturaron al vecino de Ricardo por ser amigo de uno que podia ser terrorista; y al vecino de Ricardo le encontraron que no era terrorista.
A Ricardo y al vecino de Ricardo les ataron las manos a la espalda, les cubrieron la vista.
Desnudos, les pusieron electrodos en los genitales.
Sin saber dónde, sin saber cuánto, les golpearon e insultaron, y el vecino de Ricardo decía que no estaba solo en la mesa del tormento y que rezaba;
y Ricardo repetía que conversaba con Dios, entre tortura y tortura.
Anteayer Dios estaba con Ricardo en la casa de tortura y ayer el vecino de Ricardo era Jesucristo.
Y el vecino de Ricardo decía: "El que esta solo era el otro, el que torturaba, el que amenazaba con el revolver, el que acosaba a preguntas, el que conectaba la electricidad con su tenaza de muerte".
Y Ricardo decía que por lo menos él y su vecino podian orar y el otro, no...
que no podia orar, que estaba solo, terriblemente solo. Porque Dios esta en la vida, es el Dios de la vida y no el Dios de la muerte:
La muerte me golpeaba las sienes; la muerte me trituraba las muñecas prisioneras; la muerte me tenia de pie, los ojos vendados; pero la muerte no sabía cuantas horas puede un hombre estar rezando de pie.
Solo él y Dios, entre tortura y tortura; y no se como decirlo, pero yo sé que Dios estaba y era la vida... Y yo pienso: ¡Qué solos que están los que torturan!
Yo le puedo contar a mi mujer lo que pasé en la prision; yo le puedo decir a mi hijo que lloraba por él y que tenía miedo; le puedo decir todo mirándole a los ojos; pero el otro, no.
El que tortura no le puede decir a su mujer: "hoy he torturado a un hombre; hoy he golpeado a un hombre con las manos atadas; hoy he desnudado a un hombre y lo he dejado herido al frio de una noche de julio"
El que tortura está solo con la muerte en las manos: ni siquiera puede decir a Dios su secreto, sin dejar su oficio de muerte; el que tortura nunca más puede mirar a los ojos a su hijo.
Ricardo, el vecino de Ricardo, yo y mi pueblo humillado no queremos morirnos; ellos quieren la muerte; y nosotros y Dios, la vida.


